La reivindicación del Zar
Fue la sensación de la última Eurocopa. En aquella exhibición ofensiva con la que Rusia deleitó hasta semifinales, Arshavin era el director de orquesta. Las expectativas sobre su figura fueron altísimas y el pequeño zar de Leningrado, simplemente, decepcionó. Las lesiones y la falta de minutos nos han privado de su ingenio y espectacular desborde en los últimos años.
Arshavin no terminó de cuajar en el Arsenal de Wenger y, en el pasado mercado de invierno, volvió a su querida Rusia para recuperar el tono antes de la cita continental. Es el momento de demostrar que la magia mostrada en aquel verano de 2008 no era un hecho aislado.
Su regate en seco, desequilibrante arrancada, la nitidez en el último pase o la fría definición han permanecido escondidos esperando la ocasión oportuna para explotar. Es el líder y lo sabe. Estará presionado y ese cosquilleo que recorre su inmutable rostro le encanta. Es cuando sale a relucir todo su potencial.
El reto, igualar la actuación de la última edición, no es fácil. Arshavin no es regular, no está en su mejor momento y su plenitud física hace tiempo que pasó. Pese a todo, sigue siendo Arshavin. El zar que una vez guió a Rusia por un camino lleno de éxitos y elogios. Aún tiene cualidades para repetir la hazaña.

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